En un banco de Londres, alguien planifica un robo. Las pistas están en la ciudad — en las calles, los códigos, los números, los ritmos. Sherlock lo sabe. Watson lo intuye. Irene lo vio desde el principio. Wiggins ya llevaba siguiendo a Sherlock desde el día uno. Y Moriarty, que tiene diecisiete años y una inteligencia que inquieta, es la pieza que no encaja de la manera que debería.
El público no es espectador. Es el quinto miembro del grupo. Vota, resuelve acertijos, toma decisiones y determina el final — entre ocho posibles, cada uno honesto, ninguno idéntico.





